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La quinta de los propósitos incumplidos

Semana 1 de 52.

Acabamos de dar carpetazo a un año horrible y en los ocho primeros días del nuevo año, 2021, no hemos tenido una tregua para cerrar la boca por el estupor que nos provoca la más rabiosa actualidad: Europa vacunando a contrarreloj mientras avanzan nuevas cepas del virus; Estados Unidos asistiendo en live streaming al asalto del Capitolio por los votantes más radicales de uno de los presidentes más radicales de su historia; en Madrid nieva; y el Betis sigue igual que siempre.

Con este ritmo enfermizo con el que se actualiza el timeline nadie tiene tiempo para revisar los propósitos del año pasado y reajustarlos con los del siguiente. Eso, evidentemente, en el caso de que seas tan imprudente como para tener propósitos anuales después de lo que ha pasado en 2020. Una buena forma de enfocarlo es ideando lo que un amigo llama propósitos flojitos. Yo, más aficionado a darle consistencia científica a los nombres —ciencia de chichinabo, aclaro—, lo llamo propósito de Schrödinger.

El próposito de Schrödinguer no se pronuncia ni formula pero debe ser pensado. Como todo lo que ocurre en la cabeza, entrará en nuestro discurso interno pero, al no ser verbalizado, podríamos decir que tal propósito no existe y, a la vez, lo contrario. Si acaba el año y el propósito no ha sido alcanzado, el único ejercicio a realizar será, pues, acallar ese discurso interior. Ojo, eso no es moco de pavo. Como ya nos enseñó Pixar en Del Revés (Inside Out, 2015), una vez inoculado el potente veneno de una idea importante en el discurso interno, es muy difícil deshacerse de ella, amén de una catarsis o que otra idea aún más potente —la mayoría de las veces con peores consecuencias— la sustituya. Vamos, lo que llevas haciendo casi toda tu vida pero con nombre aparentemente científico: propósito de Schödinguer. Si le añades una almohadilla delante (#) te sale un trendig topic. Garantizado.

Así vamos. A salto de mata entre propósito y propósito y con una trayectoria más o menos coherente, no gracias desde luego a una estrategia inteligente tanto como a la vida moderna, que está más o menos preconfigurada para todo el mundo: estudiar, trabajar, encontrar a alguien, independizarse, casarse, cuidar un animal, tener hijos y odiar Ikea. No necesariamente en ese orden para todos, pero ahí anda la cosa. Y los propósitos, ¿son parte de todo eso? ¿Tiene sentido marcar como propósito del año un hito de vida que se supone básico para el desarrollo personal de cualquier persona? ¿No sería eso, literalmente, un propósito flojito?. Flojito de flojo, gandul, vago, holgazán. Perro —calificativo injusto para los perros, sobre todo los pastores y ovejeros, que son muy trabajadores.

En ese sentido, una anécdota. Un familiar con edad de estar independizado hace muchos años y que actualmente depende de la incondicionalidad paterna y materna para dormir bajo techo y alimentarse a diario me dice «Mi propósito para 2021 es tener un buen trabajo». Y la madre que está delante le espeta «Yo, con que salgas a buscarlo, ya me conformo». Pues eso: no es un propósito algo que está previsto, lo mínimo que se espera de ti. Llego a la conclusión de que un propósito de año nuevo debería ser algo que te haga verdaderamente feliz, y por eso no tiene que ser obligatoriamente «útil».

Quizás este es el problema de mi quinta, la de los nacidos entre la muerte de Franco y el 23F. La quinta que por fin termina de cumplir 40 años en 2021. A pesar de haber tenido una infancia sin demasiadas carencias materiales —y precisamente porque la generación anterior no tuvo tanto como nosotros—, siempre se nos inculcó una visión útil y práctica de la vida: todo lo que hagas y todo camino que emprendas deber tener rendimiento (principalmente económico, entiéndase). Los propósitos eficientes deben prevalecer sobre los no rentables, aún cuando estos últimos nos proporcionen verdadera felicidad. Eficientista. Si no existe la palabra, seguro que nuestra generación la inventó.

El eficientismo ha llegado hasta la deformación profesional, rozando lo enfermizo. No hace muchos años tener #workalcoholic en la descripción del perfil en redes sociales estaba de moda y hasta bien visto —yo mismo lo tuve un trimestre— sin que nadie te asignara ninguna psicopatía. Y en el sector IT sigue siendo tendencia, a la baja ojalá, presumir públicamente dedicar el tiempo libre a actividades íntimamente relacionadas con la profesión: aprender otro lenguaje de programación; estudiar el nuevo framework de moda el mismo día que sale; tener un pet project que, además, debe ser económicamente viable; hacer una auditoría pública en redes de la nueva web de Renfe para ganar unos likes y en marca personal. Todo útil, todo eficiente, todo con retorno, no se tira ni un segundo de nuestro tiempo libre a la basura. Porque si no haces esto estás tirando tu tiempo libre a la basura, que lo sepas. Te quedas atrás. El tren se va. ¡No, peor, el tren te arrolla!

Dicho lo cual. En el último trimestre del año pasado compré una tableta gráfica con monitor. Lo que técnicamente se llama pen display. El software moderno, tanto libre (Krita) como de pago (Clip Studio Paint), ayuda a que el proceso de creación sea fácil, indoloro y rápido. Ya no te manchas las manos con la tinta y no hace falta comprar papel. Es un monitor que suelen usar los profesionales de la ilustración, dibujantes de cómics o creativos del 3D. Es útil y eficiente. Y en un sentido eficientista os preguntaréis para qué quiero yo el cacharro. Lo cierto es que dibujar no mejorará mi currículum: no soy ilustrador. No voy a dibujar encargos —comisiones, las llaman en redes—, por lo que no obtendré tampoco rendimiento económico. Cuando era adolescente era feliz, muy feliz, dibujando, sobre todo cómics. Quería contar historias con dibujos o, dicho sencillo —que no simple—, hacer cómics. El simple hecho de rescatar esa idea, veneno que nunca desapareció de la sangre, me hace feliz. He comprado un pen display y he retomado un propósito incumplido.

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