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Hazme un muñeco de nieve

Foto de Miguel A. Amutio en Unsplash

Semana 2 de 52.

La «Cuestión Filoménica» es la expresión usada para referirse a las discusiones que tienen los teólogos sobre los detalles de la vida de la santa Lumina —Filomena para los amigos— , aunque bien podría haber rebautizado dicha expresión algún periodista para referirse a todo lo relativo al temporal de mismo nombre que ha dejado gran parte de España como en los peores días de Arendelle.

Arendelle, como ya sabes, es la región ficticia donde transcurren las aventuras de la princesa, luego reina, Elsa y su hermana Anna. También sabes que Elsa, la adaptación y revisión por Disney/Pixar de La Reina de las Nieves de Hans Christian Andersen, nace con el poder mágico de crear y manipular hielo en sus diferentes formas. Su hermana Anna no cuenta con más poder que el de su humanidad, que no es poco hoy día.

En el inicio de la película Frozen se resume los primeros años de vida de Elsa y Anna hasta que la primera alcanza la mayoría de edad para ser proclamada reina. Durante esos minutos Anna le canta con el agudo tono que demanda Disney «Hazme un muñeco de nieve» desde otro lado de la puerta de la habitación donde su hermana Elsa está recluida debido a que, conforme avanzan los años, su poder se hace mayor y le resulta incontrolable.

Si nos tomamos al pie de la letra el mundo que nos plantea Disney/Pixar podríamos decir que hay dos tipos de personas: hay Elsas y hay Annas. Los que tienen el poder de crear muñecos de nieve y los que demandan a estos —demandar en su primera acepción: pedir, rogar— muñecos de nieve. Derivado de esto caben todas las preguntas, metodologías y acciones relacionadas con la creación artística, la producción artesanal e industrial, la industria del consumo y los ámbitos profesionales variados como el marketing y el diseño de producto con todo tipo de apellidos, incluyendo el digital.

Entre muchas de esas preguntas está la de cuestionarse si las personas tipo Anna realmente saben lo que quieren porque, aunque su demanda es muy específica —un muñeco de nieve o el último smartphone, cada uno lo suyo—, realmente lo que se desprende de su agudo lamento en formato de canción de Disney es que desea compañía y amor, a pesar de que lo que verbaliza es un objeto (el muñequito de nieves de marras o el smartphone, insisto: cada uno lo suyo). ¿Por qué Anna vive en esta confusión sobre lo que demanda verbalmente respecto a lo que desea realmente? Quizás Elsa con sus poderes creó una necesidad tan tan fuerte en su buyer persona predilecto, Anna, que ahora ella confunde objeto (o solución) con necesidad.

Mucho más interesante es el caso de Elsa, no sólo por el arco que recorre su personaje desde el miedo hasta el amor como solución para controlar sus poderes, la clave de la historia. Más interesante es, al menos pa mí, el planteamiento de desarrollo de un personaje que cuenta con poderes creadores innatos que debe aprender a controlar —planteamiento que no es nuevo en la ficción, prácticamente todos los monomito (Periplo del héroe) tienen algo de esto. En el caso de Elsa es muy evidente cuales son sus poderes desde el principio pero existen muchos y muchas Elsas por el mundo que se pasan toda la vida intentando averiguar cual es su poder creador. O, peor aún, esforzándose por mejorar un poder como el de crear hielo ignorando, por diferentes motivos, que su verdadero poder es otro, como por ejemplo crear viento.

Más allá de la simplificación necesaria para llevar a buen puerto el guión de una superproducción como las de Disney/Pixar, lo cierto es que el mundo es más complejo y somos, al mismo tiempo, creadores y consumidores (Elsas y Annas) con sus pros y contras de lo que ello implica. Puede que vivir feliz implique el ejercicio, a veces incómodo para qué negarlo, de detectar de manera constante cuándo nos corresponde ser Anna o Elsa.

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